Se acaban mis días en esta piel de toro, en la que he disfrutado de todo aquello que durante cuatro meses no he tenido. Ahora hay en mi escueto cuerpecillo una extraña mezcla de sentimientos, sensaciones, ideas y percepciones. Por un lado la crudeza del adiós, por otro la necesidad del retorno. La ambición sin Dios y la comodidad del entorno. La simpatía de los colegas, mi afición a las fiestas y a no respetar las caretas. Ni las caretas ni las fieras ni las pegas.
Ahora hay que volver, y si quiero haré balance. De lo ganado y lo perdido, de lo que no se ha competido ni se ha deseado. De lo deseado que aquí se queda y lo que encontraré en mi pasado. De cómo hay puertas abiertas con cerrojos de moral y miedo, o rendijas que se abren con un espíritu zalamero. De la búsqueda del más profundo de los guiños de un alma inmortal, inmoral y profundamente inmaterial. Pero que se logra con todo lo contrario, aunque no tenga ni un real.
Ingeniería de los sentidos en unas líneas para dejar paso a una lágrima de sinceridad, que rebosando del ojo se cuela en la comisura de los labios para demostrarme a que saben los sentimientos. Sólo falta decidir qué sentimientos. Esa es la jodienda del instante. La putada del momento.
Sin más me despido, probablemente hasta Grenoble, donde recuperaré la vida, no demasiado noble, que motivó tantas lineas, este blog y algún que otro orbe.